viernes, 5 de septiembre de 2008

JESÚS ANTONIO SERRANO GARIJO, UN HITO EN LA HISTORIA EDUCATIVA DE MÉRIDA.

A Ángel Bríz y a Jesús García Rubio.

Antonio Mateos Martín de Rodrigo.

A MODO DE INTRODUCCIÓN.

No, no; no cualquiera tiempo pasado, por ser tiempo pasado, fue mejor; sin embargo, pese a ello, algunos tiempos pasados, por ser tiempos, fueron buenos y, además, adecuados y necesarios cuando se encontraron con el hombre bueno y necesario, es decir, óptimo y optimizador.

Los finales de los siglos XIX y XX en Mérida tienen por común denominador un desarrollo cultural y pedagógico sin precedentes; pero si el primero se fundamenta inicialmente en la ferroviarización de la ciudad y se concreta como hito espacial en el Liceo en éste del siglo XX confluyen el desarrollo español de los años sesenta, la rebelión de las aulas universitarias españolas de 1965 o el mayo francés del 68; el régimen, a su propia vez, ponía en el tablero la Ley General de Educación de 1970 o Ley de Villar Palasí; el espacio inicial de este movimiento de renovación educativa fue el Instituto Santa Eulalia, entonces único Instituto de Bachillerato o de Enseñanzas Medias emeritense y de los pueblos de su comarca; sin embargo la superficie de este movimiento para los alumnos del Instituto se expandía por todo Mérida: discoteca Hacherober, cine Alcazaba, Liceo, etc. a través de los contactos de Jesús Antonio Serrano Garijo con los miembros de Juventudes Musicales de Mérida.

Pero no será esta colaboración para la Revista de Ferias y Fiestas de 2007 un trabajo de investigación histórica sino una rememorización de mis experiencias pedagógicas, culturales y humanas entre 1971 y 1974 con su personaje más singular y, a la vez desde mis perspectivas personales, su iniciador: Jesús Antonio Serrano Garijo.

UNA APROXIMACIÓN AL PERSONAJE.

La primera vez que oí hablar de la existencia de santos laicos, se refería a su compañero Antonio Machado, fue a Jesús Antonio Serrano Garijo -aún no era catedrático de instituto como él sino penene (Profesor No Numerario)- ; y aquella inocente frase no era casual ni literaria sino que formaba parte de una nueva y revolucionaria visión del mundo por parte de uno de mis profesores y que, generosamente, nos iba a desgranar ampliamente.

Sí, el alumno para él no era un mero receptáculo de enseñanzas absurdas dispuesto casi siempre a rechazarlas hasta chulescamente o porque era tonto; también con él podía compartir algunas de sus preocupaciones y vivencias personales; por ejemplo cuando nos comentó que el gobernador civil les había multado a él y a otros compañeros -creo que también a Manuel Fernández, profesor de inglés- por exigir derechos laborales; eran aquellos tiempos otros tiempos en los que sólo un profesor de religión, José Barragán, por ser cura, se expresaba llana y expresamente y nos decía, en clase, que el Concilio Vaticano ¡¡¡exigía libertad sindical¡¡¡; también en aquellos momentos el Opus Dei, a través de Mateo Blanco, iniciaba sus primeros pasos en el Instituto invitando a su piso de reunión, situado en la calle José Ramón Mélida, para estudiar, ver la tele y rezar, a los compañeros más estudiosos y serios.

Pero también los santos religiosos tenían para Serrano Garijo su máximo interés, en este caso literario, ya que el muy místico San Juan de la Cruz era el mejor poeta español de todos los tiempos, incluso, por encima de Machado. Literatura es literatura...

Además nos dijo, con toda normalidad, que los poetas hasta podían ser maricones pero no como desdén, crítica, rechazo o aplauso; y nos contaba la anécdota de unos dibujos garcilorquianos que habían sido expuestos por sus alumnos en el Instituto el curso anterior; éstos al ser interpretados por un crítico de arte daban como resultado que el autor era un alumno muy mariquita al que no convenía acercarse demasiado...

Y para mí, que ahora soy fundamentalmente eulaliólogo, he de hacer saber con la mayor satisfacción que Serrano Garijo fue el primero que en Mérida hizo saber que Federico García Lorca había cantado en versos bellísimos a la patrona de Mérida; y aunque aún no conozco el contenido de su conferencia - “El martirio de santa Eulalia en la Poesía de García Lorca”- sin duda, con algún conocimiento de causa, puedo asegurar que Serrano Garijo inició aquí la investigación de la figura de santa Eulalia como el maravilloso e importante personaje literario que, además, es -por cierto: exactamente treinta años después de su conferencia en el Liceo pude establecer la relación de García Lorca y Santa Eulalia a través de su madre; ésta procedía de la eulaliense ciudad murciana de Totana-.

Y es que Serrano Garijo tenía una idea muy rica, compleja, precisa y elaborada de un mundo distinto en el que a las personas las definían sus obras y sus posibilidades y sus valores –luego este mundo se correspondería con los usos de un país democrático-; pero, no muy lejos de la antigua concepción evangélica, disponía mirada asimétrica hacia los menos y los peores; y nosotros, sus alumnos de dieciséis años -folloneros, alegres, entrometidos, inconformistas, informales, vitales-, no podíamos imaginar ni tan siquiera si se podía comenzar o cómo desarrollar aquel mundo -nos faltaba, también a algunos de sus compañeros-, su privilegiada formación y su mente singularmente creativa; lógicamente la Alemania de los años sesenta, él era licenciado en lenguas germánicas, habría sido su primer referente para este nuevo mundo democrático en el que todos tenían algo útil que aportar y en el que los seres humanos permanecían; pero en él se invertían, incluso radicalmente, las valoraciones: “ Había una vez un príncipe malo, una bruja hermosa y un pirata honrado” cantaba Paco Ibáñez.; pero es que Paco Ibáñez cantaba allí mismo, en la propia clase de 6º B, acercándonos a la poesía española tradicional desde un nueva forma: el canto; a su vez el disco en sí mismo transcendía envolviéndote y haciéndose de ti; Serrano te captaba y te mantenía la atención y el interés... como ahora los documentales de la dos -pero en serio y de verdad-.

Además sus clases eran como improvisadas obras de teatro real en la que él actuaba más de motivador y de conductor – Seis personajes en busca de autor fue su representación no consumada en el curso 71-72 en la que sería la primera huelga laboral en Mérida- y en sus clases el alumno interpretaba su propio papel ya desde la tramoya o desde el primer escenario o desde el palco o desde el patio de butacas ante la imposibilidad de situar las mesas y pupitre en círculo -recuerdo que su capacidad transgresora incluso la llevó a su teatro real, el salón de Actos del Instituto: en contra de la legislación entonces vigente y vigilante sus actores bajaban al patio de butacas o subían desde él-.

Y doy fe sobrada de que los malos del sistema para él éramos los buenos tal como demostró una y más veces frente a las continuas asechanzas e injustificadas persecuciones del entonces Jefe de Estudios -no me refiero al honrado y entrañable Alejo Fernández -, y su secuaz, el conserje que no era el amable, cariñoso y querido señor Lorenzo.

Pues bien en lo físico también figuraba Serrano Garijo lo más nuevo: era barbudo a lo che Guevara y, para quien recientemente se había dejado su primer bigote, lógicamente era impactante ya que simbolizaba la adultez y la intelectualidad absolutas; ahora bien parece ser que Jesús Antonio tenía algún problemilla con los pies que, sin embargo, daban señal expresa del alto respeto y más consideración que le teníamos; y en lo que otro habría sido motivo de escarnio, de burla o de chanza en él pasaba desapercibido; eso sí en su deambular singularmente rítmico por los corredores entre clase y clase siempre iba acompañado de una cartera de cuero de color negro; en ella transportaba sus tesoros, su ciencia, nuestros siempre nuevos y ricos aprendizajes, amenos y satisfactorios (tal como me referiría años después Coral, alumna suya posterior a mi época de estudiante, enseñó a leer no la cartilla sino literatura a una generación emeritense; y con tal currículo -expresamente también enseñaba para el después del vete, me importunas de André Gide- se daba por satisfecho, según confesión propia).

Pero también daba toques para la vida: si tu objetivo era ganar dinero te recomendaba hacer medicina, entonces considerada una forma de hacer dinero rápido, o criticaba el apego a las vacas sagradas -el puesto de trabajo en España, por entonces, la vaca sagrada por excelencia- para soslayar deberes solidarios.

Jesús Antonio vivía en un piso de la calle Cervantes sobre la carpintería de Leopoldo Manzanero en uno de aquellos bloques desmesurados y escasos que estaban de moda entonces sobre las estrechas calles de Mérida; recuerdo que en una visita que le hice en su casa para criticarme algún trabajo poético me sorprendió verle fumar; me aclaró que, por respeto a los demás, no fumaba en público... también en estos pequeños detalles manifestaba una personalidad extremadamente sensible por el otro; como si no sólo la palabra -y era maestro en su uso- fuera portadora de mensajes y de reconocimiento. Para Serrano el otro existía y el otro, en nuestro caso, se llamaba alumno que tenía malos momentos, problemas, desganas, etc. no punibles ni perseguibles porque no entendía el Instituto como un microestado policial o una minuciosa institución de pesas y medidas; de hecho la única reconvención a uno de sus alumnos me la dirigió a mi por razón de defender a una de mis compañeras al pasarme yo en la crítica del trabajo que había realizado su grupo; sin embargo recurrió a una elegante comparación, que por halagadora hacia mi persona, callaré; incluso inventaba trucos para subir nota como realizar trabajos en la organización de la biblioteca.

Y con él iba, cuando aún imperaban los 600 -como el de mi muy querida doña Alicia Álvarez de Sotomayor y Loro-, su Seat 850 color crema en el que me acercó en algunas ocasiones a Calamonte por motivo de no existir transporte público cuando terminaban determinadas actividades culturales (el taxi a Calamonte costaba mil pesetas y, por tanto, me era prohibitivo).

Y a partir de estos mimbres Jesús Antonio Serrano Garijo, el profesor humano que te acompañaba en tu propia humanidad, se configuró también muy posiblemente como el mejor profesor de bachillerato de la Mérida del último tercio del siglo XX, -según también colegía su compañero Sebastián Santolino con un período mayor de observación y en relación al Santa Eulalia - y el auténtico renovador de la pedagogía en Mérida iniciando la práctica de lo que luego sería la enseñanza en democracia.

JESÚS ANTONIO SERRANO GARIJO, PROFESOR.

Que Jesús Antonio Serrano Garijo revolucionó la pedagogía emeritense en el bachillerato es un hecho contrastable con tan sólo preguntar a cualquiera de sus alumnos -también a algunos de sus compañeros profesores- y tratar someramente de sus aportaciones innovadoras; y esta imagen de renovador pedagógico no lo era sólo por contraste con la pedagogía y la didáctica vigente y actuante – en el extremo había quien practicaba, según era expresión común, el terrorismo pedagógico, es decir las peores y más groseras o antipáticas artes de la enseñanza confundida con el adiestramiento pauloviano -.

El alumno para él no era un recluta de la legión ni un feroz ni peligroso enemigo, antes al contrario; de hecho, si mal no recuerdo, fue Serrano Garijo el primer profesor al que se le tuteó ya desde el primer C.O.U –curso de1971/72- que ponía fin al mítico Preu.

Y se tenía Serrano en la obligación respecto de sus alumnos, no sólo como tutor -también por respeto y mutua consideración-, de guiarle, de orientarle, hasta de suplirle... con motivaciones y su propio esfuerzo y trabajo; fe de ello son sus personalísimos cuadernillos; éstos, escritos en papel de copia y hechos a multicopista o vietnamita, nos situaban en el mundo –histórico, político, económico, filosófico, literario...- al autor y su obra; y ello muy por encima de las paupérrimas explicaciones complementarias del texto oficial.

Para él preparar la clase no era el generalizado echarle un simple vistazo a la lección diaria momentos antes de explicarla; a fin de cuentas el alumno aprende lo que, en correspondencia proporcionada, le enseña el profesor[1] y para enseñar correctamente el profesor había de estar siempre innovando o estudiando, como los médicos, según se decía entonces; es decir la carga básica e inicial del aprendizaje, según nos demostraba Serrano Garijo, radicaba también en la laboriosidad del profesor que debía activamente captar la atención y crear el interés a través de nuevos recursos didácticos; es decir tenía que establecerse, utilizando un término de las matemáticas de conjuntos, que entonces se impusieron para los últimos alumnos del Plan del 57, una relación de biunicidad entre ambos; sin duda entendía que los conocimientos del alumno se basaban más en la potenciación de sus cualidades que en su apenas motivable capacidad de memorización-Para ello utilizó una amplia panoplia de recursos: nuevas relaciones profesor/alumno basadas en la confianza, en el respeto mutuos y en la posibilidad siempre abierta del amejoramiento, desestructuración de la clase tradicional, trabajos en grupos, potenciación y respeto por las iniciativas individuales del alumno, uso profuso de medios audiovisuales -incluso personales-, actividades culturales motivadoras y activas...

Lógicamente Serrano Garijo tenía una bien perfilada filosofía de la enseñanza; y así en momentos en que la Televisión, se decía, podía imponerse como nueva forma pedagógica aséptica u objetiva, Serrano Garijo se negaba a aceptarla como tal; y su argumento era claro, contundente: la enseñanza neutra no existía ni podía existir.

JESÚS ANTONIO SERRANO GARIJO, PROMOTOR CULTURAL.

Jesús Antonio Serrano Garijo era un hombre de una sobresaliente capacidad organizativa; pero, además, poseía proclividad para promocionar entre sus alumnos las actividades artísticas ajenas -una de sus palabras favoritas para criticar lo negativo era “chabacano” o “chabacanería”-; y en la paleta de estas promociones se veían la música, tanto clásica como de autor, la poesía, recitada o cantada, la pintura, los homenajes literarios -el de Pablo Neruda por su Nobel de Literatura fue muy significativo- y el teatro; también el cine.

Y así nos motivó al conocimiento de todo tipo de actividades, organizadas las más por Juventudes Musicales (destaco a su amigo Emilio Marín Galavís, maestro nacional, como cinéfilo); a este grupo y a sus gestiones, que yo recuerde, le debemos sus alumnos el conocimiento de alguna orquesta de música clásica, de la cantautora Cecilia, del grupo Agua Viva o de Pablo Guerrero –éstos últimos de la flor y de la nata de los cantautores comprometidos-. Y por aquellas motivaciones algunos alumnos del centro formaron un grupo musical a lo Agua Viva; creo que entre sus integrantes estaban Alejandro Pachón Ramírez y Vicente Alcantud.

Recuerdo que en el Cine Alcazaba tuvimos los alumnos del Instituto nuestra primera audición de una orquesta de música de clásica; además de escuchar con atención e interés aquella música -que nada tenía que ver con mi carro o un rayo de sol o borriquito como tú y otras mejores del momento- ¡aprendimos entonces a distinguir además los tiempos del aplauso...¡; para las audiciones musicales pequeñas o de disco L.P. el lugar al que nos convocaba Serrano Garijo era la discoteca Hacherober; también recuerdo que la actuación de Pablo Guerrero puso en evidencia que algo se estaba moviendo en España a nivel político y que podrían llover a cántaros otras aguas a pesar de los apagones de la luz.

Ahora bien de entre las aficiones literarias de Serrano Garijo destacaba el teatro, género en el que se mostró tal como director profesional con sus montajes innovadores tan sencillos como ricamente significativos: sin telones de fondo, con escueto mobiliario ad hoc, con diversidad de espacios para la actuación, con música adecuada, con alumnos muy motivados que se lo pasaban bien –quisiera recordar que un compañero, cuyo nombre olvidé, refería que se le declaró a una compañera durante un estreno mientras la llevaba en sus brazos por el escenario-.

Para Serrano Garijo el teatro era una genuina expresión de la vida; también de la ruptura de todas las barreras y fronteras: en el programa de mano de la obra “Tiempos del 98” aparecen alumnos –de Mérida, también de Calamonte- y profesores sin distinción ni jerarquización alguna, por orden alfabético en una auténtica quermés.

Yo tuve la suerte de ser elegido por él como actor para “La Cueva de Salamanca” de Miguel de Cervantes; la otra obra de 6º era La danza de la Muerte según versión de Criado del Val y creo, habrá que consultar las hemerotecas, que, por su afortunada dirección, conseguimos algún premio provincial.

Sin embargo en la poesía también afianzó vocaciones; Roberto Fernández o Rafael Menor, entre otros, darían prueba de ello.

Atento a lo que pudiera ser el futuro de Mérida aún le recuerdo por la Calle Oviedo al frente de sus alumnos en la primera manifestación que se hizo en Mérida para pedir que se instalase la Universidad de Extremadura en Mérida; pero también estaba atento Serrano a nuestras sugerencias y cuando le propuse la formalización de un encuentro de jóvenes poetas y escritores extremeños, yo ya fuera del Instituto, no lo dudó y haciendo uso de su poder de convocatoria y de organización, secundado por el periodista del diario Hoy José María Pagador Otero, en el año 1974 hizo posible varias reuniones; y era la primera vez que un grupo de extremeños se reunían como tales aún no existiendo una base legal para poder hacerlo; la cobertura legal la encontró en una actividad más de su activo Departamento de Literatura -poniendo en fuga, al mismo tiempo, al omnipresente recaudador de impuestos literarios emeritense de la S.G.A.E. que pretendía cobrarnos derechos de autor a quienes aún no los habíamos generado-.

Realmente a Jesús Antonio Serrano Garijo le iba bien la trasgresión y el soslayo de las normas pedagógicas, legales y humanas ya caducas o inconvenientes y la creación de alternativas, estructuras y actividades propias de una sociedad democrática.

Fundamentalmente, él pensaba, actuaba, motivaba y dejaba actuar en la agonía de la dictadura según los usos democráticos que, sin estridencia alguna y en normalidad, hoy rigen la relación profesor/alumno o alumno/Instituto.

Y con el tiempo he comprendido además los mimbres de aquella pequeña pero tan importante revolución cultural y pedagógica; aquel profesor positivamente distinto y próximo había vuelto a hacer uso del viejo modelo o paradigma filosófico de la Antigüedad clásica: lo cualitativo es más relevante que lo cuantitativo, el ser más que el parecer, y el sentir más que el tener...

N.B. Si este artículo te llegase, aunque te importune, gracias, muchas gracias.

En la ciudad de Mérida 31 de julio de 2007.



publicado en la Revista de Ferias de Mérida, eptiembre 2007.



[1] El Nivel de Expectativas del Profesor es determinante en el Aprendizaje; por tanto hay que considerar como una heroicidad típicamente adolescente que algunos alumnos aprobasen...

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